Un corazón centrado en Dios
Meditación basada en el libro A solas con Dios
Al meditar en este capítulo, el Señor tocó mi corazón con la verdad de la oración como un respirar continuo. Esta reflexión nace de ese encuentro, y oro para que, al leer este artículo, seamos llevadas a considerar la oración como el aliento constante del alma delante de nuestro Señor, acercándonos cada vez más a su dulce presencia.
Orar como forma de vida
Orar, para el creyente, es tan natural como respirar. No se necesita pensar para respirar, porque la atmósfera ejerce presión sobre los pulmones y los impulsa a tomar aire; de la misma manera, cuando alguien nace en la familia de Dios, entra en una atmósfera espiritual donde la presencia y la gracia de Dios impulsan el corazón a responder en oración.
Resistirse a orar se parece a aguantar la respiración: es algo antinatural que solo produce debilidad espiritual y cansancio interior.
Muchos cristianos, sin embargo, se “aguantan la respiración espiritual” por largos períodos, pensando que algunos momentos breves con Dios son suficientes para sostener la vida espiritual. Esta restricción en el consumo espiritual no se debe a una falta de recursos en Dios, sino a deseos pecaminosos y a un corazón que ha aprendido a apoyarse más en lo visible que en lo eterno.
El creyente fue llamado a vivir continuamente en la presencia de Dios, respirando sin cesar las verdades divinas para mantenerse espiritualmente sano y funcional.
Cuando la sociedad se vuelve relativamente libre y próspera, es fácil que el corazón se sienta seguro, no tanto dependiendo de la gracia de Dios, sino presumiendo de ella. El desliz es sutil: se agradecen las bendiciones materiales, pero se anhelan poco las espirituales; se disfruta lo que Dios da, pero se deja de desear a Dios mismo.
Así, poco a poco, se confunde el éxito humano con la bendición divina y se vive como si Dios no fuera realmente necesario en la vida cotidiana. En ese estado, la oración deja de ser un aliento constante y se reduce a un recurso de emergencia.
El creyente puede seguir asistiendo a la iglesia, sirviendo, planificando y levantando programas, pero todo ello impulsado por habilidades, métodos y recursos humanos. El resultado es una vida cristiana vacía de poder, donde falta el anhelo apasionado por la ayuda de Dios y, en consecuencia, también falta la manifestación de su poder.
Por eso el apóstol Pablo insiste en que se ore “en todo tiempo” y “sin cesar”, recordándonos que la oración continua es expresión de una dependencia continua.
El Señor Jesucristo, cuyo ministerio terrenal fue sorprendentemente breve, vivió una vida saturada de oración. Los evangelios lo muestran levantándose muy de mañana para estar a solas con su Padre, retirándose de noche a lugares tranquilos y, en momentos decisivos, derramando su alma con intensidad.
Para Él, la oración era el aire espiritual que respiraba; no fue un evento ocasional, sino una comunión ininterrumpida con el Padre.
La iglesia primitiva aprendió esta lección. Antes de Pentecostés, los discípulos perseveraban unánimes en oración; y después, cuando la congregación creció, los apóstoles afirmaron que su prioridad seguiría siendo la oración y el ministerio de la Palabra.
Pablo también refleja este patrón: sus cartas están llenas de referencias a oraciones constantes por los creyentes, de día y de noche, y de exhortaciones para que ellos mismos vivan en una actitud de oración persistente y agradecida.
“Orar sin cesar” no significa caminar todo el día con los ojos cerrados o repetir fórmulas sin parar. Se trata de un corazón que vuelve una y otra vez a Dios como un reflejo continuo, un espíritu que mantiene una conversación abierta con el Señor en medio de las tareas diarias.
Todo puede convertirse en una oportunidad de comunión: la tentación, en un ruego por ayuda; una bendición, en un agradecimiento inmediato; el mal que se observa, en una intercesión por la justicia de Dios; el encuentro con un inconverso, en una súplica por su salvación y por fidelidad al testificar.
De esta forma, la vida entera se eleva como una oración constante, y la mente se mantiene en las cosas de arriba.
Una invitación a vivir en comunión con Dios
El propósito final de la salvación no es solo librarnos del castigo del pecado, sino llevarnos a una comunión profunda y gozosa con Dios. No buscar al Señor en oración es negar, en la práctica, ese propósito. La comunión con Dios no está reservada únicamente para el cielo; comienza aquí y ahora, y la oración es su expresión más pura.
Versículo para memorizar: “Orad sin cesar” (1 Tes. 5:17).
Oración de cierre: Señor, enséñanos a respirar tu presencia todo el día. Amén.
Nota: Esta reflexión surge del capítulo “Un corazón centrado en Dios” del libro A solas con Dios. Si deseas leer el capítulo completo y profundizar en su enseñanza, puedes hacerlo aquí.
Referencias
MacArthur, J. (2013). A solas con Dios. Editorial Mundo Hispano.
La Biblia. Reina-Valera 1960 (2022).

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